Publicado por Asamblea Feminista de Madrid
Como ninguna otra causa, el robo de bebés ejemplifica el anonadante desprecio de la dictadura hacia las mujeres —y de entre ellas a las disidentes y a las indefensas.
Mil veces negadas, desposeídas del derecho al propio cuerpo, del derecho incluso a la maternidad. Durante décadas, miles de mujeres en el Estado español sufrieron el secuestro de sus bebés y su dolor, su lucha, su búsqueda quedaron reiteradamente desoídas, negadas, silenciadas, y como mucho, arrumbadas en las páginas de sucesos o como material de programas televisivos de mucha audiencia y escasas consecuencias. Les arrebataron los bebés que parieron –en las cárceles de Franco, en maternidades del Patronato de la Mujer, en clínicas públicas y privadas—y durante décadas les han dado una y otra vez con la puerta en las narices en hospitales, maternidades, parroquias, orfanatos, juzgados. Hasta hace apenas unos años, ningún juzgado admitía a trámite las denuncias de quienes podían y se atrevían a llegar a tan altas instancias. Ahora, una de las querellantes ha logrado que sea la Justicia argentina la que tome partido. Y por primera vez en la historia de la lucha de las mujeres robadas –de las familias—la Justicia internacional reclama la detención de un médico ginecólogo, actualmente jubilado, de La Línea de la Concepción, Cádiz que fue denunciado por Flor Díaz, presidenta de la asociación SOS Bebes robado Euskadi, que busca a su hermano nacido en La Línea, en el Hospital Municipal en 1967. Es un paso, un pequeño y esencial paso hacia el reconocimiento de la lucha de estas mujeres, tan próximas a la historia de todas.

He conocido a mujeres que pasaron por el Patronato de Protección a la Mujer, por las Adoratrices, por Peña Grande, a presas comunistas que fueron testigos y víctimas de los robos, a nietas de rojas a las que –sin ir más lejos—el prestigioso ginecólogo del OPUS Botella Llusià les robó su bebé, a jóvenes activistas, amigas mías, que han descubierto que sus papeles de adopción son un cúmulo de falsedades y a mujeres que parieron en los años setenta y buscan entre la paciencia y la desesperación que alguien comience a responder el paradero del niño o niña que dieron a luz. ¿Podemos vivir por más tiempo ajenas a tantos y tan brutales delitos? ¿Nos concierne a todas lo que a ellas les ocurre?
¿Puede el movimiento feminista mantenerse al margen de esta lucha?
